Disfrutar de la música
Con doce años quise entrar al conservatorio. Me dijeron que era demasiado mayor para empezar. Ese día, sin saberlo, acepté una creencia que marcaría todo lo que vino después.
Lo que siguió fue un camino lleno de obstáculos que ningún músico debería tener que atravesar solo: abuso por parte de un director de orquesta que condicionó mi autoestima y mis relaciones durante años, profesores que me dijeron que parecía "una vieja derrotada de 65 años", que tenía "mano de palo", que tocando así no llegaría a ningún lado. Repetí cursos. Perdí años. Trabajé en restaurantes para pagarme el conservatorio mientras hacía una carrera universitaria que la sociedad me exigía pero mi alma no quería.
En el escenario me paralizaba. No respiraba. Se me olvidaba todo. Había momentos de pérdida de conciencia frente al jurado. Mi fin de grado fue con 53 músicos que organicé sola, sin ayuda de nadie, y el mismo día en que el jurado me puso un 8,7, recibí una llamada para darme "la enhorabuena por lo mal que lo había hecho".
Y sin embargo, en medio de todo ese dolor, la música también me regaló momentos extraordinarios. Durante mis años de estudiante en Málaga fui llamada a tocar con orquestas de toda España y participé en giras junto a artistas de talla mundial como Il Divo, Andrea Bocelli, Raphael, Plácido Domingo, Ainhoa Arteta, Marta Sánchez, Niña Pastori, La Húngara y José Mercé. En Dinamarca, además de los conciertos de solista, toqué con orquestas profesionales y diferentes agrupaciones a nivel internacional. El talento siempre estuvo ahí. Lo que me frenaba estaba dentro.
El punto de quiebre llegó en Madrid, con 25 años y más de 16 tocando el chelo, cuando la profesora me miró y me dijo: "Adriana, yo ya no sé qué más hacer contigo ni cómo ayudarte." Ahí se me vino el mundo encima.
En el autobús de vuelta a Málaga tomé una decisión: si nadie sabe cómo ayudarme, lo haré yo misma. Y luego ayudaré a otros.
Ese día comenzó un viaje que me llevó a recorrer España, México y Estados Unidos en busca de los mejores mentores en desarrollo personal. Me formé como terapeuta, hice un máster en respiración celular, estudié marketing y comunicación, me convertí en conferencista. Viví en Dinamarca, donde — partiendo desde cero, sin contactos y en un idioma que no era el mío — conseguí hacer seis conciertos de solista por todo el país. Lo que durante años me habían dicho que era imposible, sucedió.
Pero el mayor punto de inflexión llegó cuando encontré a Dios y la filosofía de David Hawkins. Todo lo que había vivido cobró sentido. El sufrimiento se convirtió en propósito. Y de Costa Rica a México, empecé a llevar esta nueva visión a cientos de músicos a través de conciertos, conferencias y formaciones.
Hoy, todo ese camino — las heridas, los aprendizajes, las transformaciones — vive dentro de éste universo de Músicos Conscientes. No como teoría. Como experiencia real, transmitida con amor, con método y con la certeza de quien ya estuvo donde tú estás ahora.
